El príncipe azul se fue de copas con Shrek. Pillaron una de mil demonios y, sin saber muy bien lo que hacían, se alistaron a la legión extranjera francesa. Antes de que se dieran cuenta estaban embarcados en un buque de guerra rumbo a Dahomey, donde nada bueno les podía esperar. Una vez allí, y conscientes de su error, se largaron a la primera posibilidad que les brindó una noche estrellada de septiembre; se adentraron en el continente y su huella aún se puede ver por Togo, Nigeria o Burkina Faso.
Tiempo después supe de ellos, se habían asentado junto a una comunidad que vivía a orillas del Níger. Según cuentan, encontraron a una nativa de anchas caderas, inquietantes valles y profunda mirada. Lo que ya no os puedo decir es con cuál de los dos se quedó, si es que eligió. Como bien dice José Manuel Casañ en El Viajero, “Hay secretos que son secretos y no los voy a contar”.
Yo, en cambio, me quedé aquí, y hace tiempo que dejé de buscar a mi Caperucita. Amigo lobo me contó que un buen día se pintó los labios de rojo carmesí, se subió las enaguas, se tatuó una esperanza en una nalga y decidió cruzar el río para correr aventuras dios sabe donde. La hubiese seguido al enterarme de ello, pero siempre tuve claro que las quimeras, quimeras son. Así que decidí seguir mi camino tarareando aquella vieja canción basada en Chopin de Pink Martini, y sentir como la brisa fresca me acaricia el rostro al caminar. Porque… lo demás, está de más.

