DIECISÉIS

El cielo está plomizo y ha empezado a llover. Es curioso, una frase hecha, que he repetido tantas veces, y de repente, hoy, me he dado cuenta que sí, que su color es el del plomo. Y me he extasiado al verlo. Siempre le di valor al acero, me gustaba como analogía para referirme a otras cosas, pero hoy descubrí el plomo. Y me gusta. Es pesado, denso, auténtico, misterioso. No brilla como el acero, es mate. No reluce, no es admirable. Pero es auténtico, primario, real.

Llueve. Ni mucho ni poco. Las gotas caen de lado, hacia el mar, como queriendo escapar para fundirse todas juntas entre las aguas del Mediterráneo. Es una lluvia uniforme, las gotitas son iguales dejándose caer pausadamente hacia un destino buscado. Y protegidas por el plomo, por un cielo que parece decirles hoy sois vosotras las estrellas. Brillad como ellas mientras me apago como apagado es el plomo. Y la gente está asustada, recuerda lo que ocurrió hace un año con la lluvia. Pero yo me encuentro bien. Por fin he logrado encontrar la senda que me lleve a la paz que no tenía desde hace meses. Y sé que tengo la sonrisa triste, porque encontrar el camino de la paz no significa encontrar el camino de la felicidad. Pero… ¿Quién desea sentir felicidad cuando por fin siente paz?

Saco la mano por la ventana

y las gotas rozan mis dedos,

Resbalando por ellos

para después de empaparme

seguir su camino.

Siento su caricia,

tan lejos de otras caricias.

Y mi sonrisa es de plomo,

no de acero.

Pero por fin siento paz.

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