Viven juntos.
Eso dicen las llaves,
las facturas,
los dos cepillos de dientes
en el mismo vaso.
Pero hace tiempo
que ella no sabe
qué significa ser pareja.
Él llega,
deja la chaqueta en una silla,
pregunta qué hay de cenar
y luego mira el teléfono.
Ella responde.
Siempre responde.
A veces incluso sonríe.
Hay matrimonios que terminan
con gritos,
con platos rotos,
con una maleta en la puerta.
El suyo no.
El suyo se fue muriendo
despacio,
sin hacer ruido,
como una bombilla
en una habitación
que nadie usa.
Ya no follan.
Ni siquiera hablan de no follar.
Al principio
ella contaba los días.
Después, las semanas.
Luego dejó de contar
porque contar también
es una forma de esperar.
Ahora se desnuda delante de él
y él sigue mirando la pantalla.
Eso duele más
que una traición.
Una traición al menos
demuestra que alguien
todavía desea algo.
Por la noche
duermen en la misma cama,
cada uno en su orilla,
como dos países cansados
que firmaron la paz
porque ya no tenían fuerzas
para seguir peleando.
Él ronca.
Ella mira el techo.
A veces recuerda
cuando él la buscaba
en mitad de la noche,
cuando sus manos
todavía sabían su nombre.
Ahora solo la toca
cuando duerme
y se gira sin querer.
Ella aparta su brazo.
No por rabia.
Por costumbre.
Por la mañana
preparan café,
hablan del tiempo,
de la reparación del coche,
de si queda leche.
Desde fuera
parecen una pareja.
Desde dentro
son dos desconocidos
repartiéndose el alquiler
y el silencio.