VEINTIDOS

Anochece. Desde mi ventana me siento el capitán de un barco que ya navega con rumbo fijo. Sin otro destino que no sea el de atravesar las aguas por placer. El agua -vida- me rodea y siento como sus leves olas mecen la serenidad de este momento buscado y ansiado durante meses y meses.

No vuelvo a ser yo puesto que en realidad estoy siendo una versión mejorada de mi yo. He de dar las gracias a quien me ha hecho mejor; su puñal derramó sangre de la que brotaron mariposas. Mariposas que vuelan mientras sonrío y pienso… ¡De menuda me libré!

El agua, las olas, las aves que vuelven a su guarida nocturna. Cabriola haciéndose la despistada, Tirana buscando sin cesar presas que nunca alcanzará, y Bruno, el bueno de Bruno, tumbado con la tranquilidad de quien nada teme. Bruno, amigo, cuánto estoy aprendiendo de ti.

Pronto oscurecerá pero mi luz brilla como hace tiempo que no lo hace. Ya no hay noche, ya no hay miedo, ya no hay llanto ni rabia. Sólo luz. Y encenderé la chimenea y me pondré a leer mientras hago tiempo para cenar.

Están siendo maravillosas estas vacaciones que hace años que no tenía. Y pienso… tengo ganas de verte. No sé porqué, pero me hace ilusión verte. Queda poco.

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