Es una tarde de julio.
El calor cae sobre la ciudad
como una multa.
Estoy sentado en una terraza
con un vaso sudando delante de mí
y ninguna prisa por terminarlo.
La gente pasa.
Un hombre con camisa blanca
mira el teléfono
como si alguien fuera a salvarlo.
Una mujer empuja un carrito
y lleva en la cara
tres noches sin dormir
y diez años sin que nadie le pregunte
cómo está.
Dos adolescentes se ríen
como si la vida no hubiera empezado todavía.
Los observo.
Es lo único que hago bien
cuando no sé qué hacer conmigo.
Imagino sus casas,
sus camas deshechas,
las discusiones en la cocina,
los mensajes que borran,
las llamadas que esperan
y nunca llegan.
Aquel anciano
quizá vuelve a un piso vacío
donde todavía guarda
la taza de alguien muerto.
Esa pareja que camina deprisa
tal vez se odia
pero ha reservado una mesa para dos.
El camarero limpia las mesas
con la tristeza automática
de quien ha visto demasiados veranos
desde el mismo sitio.
El sol golpea los toldos.
Los coches pasan.
Alguien fuma.
Alguien se despide.
Alguien miente.
Y yo sigo aquí,
inventándoles vidas a los demás
para no pensar demasiado
en la mía.
La tarde continúa.
Julio arde.
La gente pasa
como si supiera adónde va.
Yo los miro
y durante unos segundos
casi consigo creerles.
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