SETENTA

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No sé querer con calma.
Nunca aprendí.
He querido como quien bebe sin elegancia.
Me cuesta decir te necesito.
La frase me deja demasiado desnudo.
Prefiero decir ven,
quédate un rato,
no cierres todavía la puerta,
pon otra canción,
duerme aquí esta noche.
Como si cambiar las palabras
pudiera cambiar la verdad.
No creo que el amor lo cure todo.
Hay heridas que no cierran.
Hay personas que llegan tarde.
Hay besos que solo sirven para recordar
que antes también fuimos felices.
Pero creo que algunas manos consiguen
que el dolor se quede quieto.
Las tuyas, por ejemplo.
A veces te miro y no pienso en acostarme contigo.
Pienso en quedarme.
Lo cual me parece bastante más indecente.
El deseo es sencillo.
El cuerpo sabe defenderse solo.
Lo difícil es permitir que alguien conozca tus silencios,
tus domingos,
tus malas costumbres,
la parte de ti que no sabe entretener a nadie.
Lo difícil es dejar que te vean
cuando no tienes nada que ofrecer.
Yo tengo demasiados días así.
Días en los que no soy gracioso,
ni fuerte,
ni interesante.
Días en los que apenas soy un hombre
sentado al borde de la cama intentando
recordar por qué debería levantarse.
Y entonces apareces tú.
No haces grandes discursos.
No intentas arreglarme.
Te sientas a mi lado,
apoyas la cabeza en mi hombro
y me preguntas si quiero café.
Eso es lo más parecido a un milagro que conozco.
No creo en Dios,
pero tampoco descarto que algunas veces se canse del cielo
y se esconda en cosas pequeñas.
En tu risa desde otra habitación.
En tu pierna buscando la mía debajo de las sábanas.
En la manera en que pronuncias mi nombre
cuando estás enfadada y todavía me quieres.
He aprendido que el amor no siempre suena como una canción.

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