La noche respira despacio.
El calor lleva semanas
pegándome la piel al cuerpo,
secando la garganta,
haciendo que los días
pesen como una deuda.
La luna está arriba,
blanca y gastada,
mirándolo todo
sin meterse en nada.
Su reflejo tiembla en el agua
como una moneda
que nadie se atreve a recoger.
Me quito la camiseta,
las bambas,
el resto de la jornada.
La ropa queda
hecha un animal muerto
sobre la arena de El Saler.
Nadie importa.
Y eso basta.
Entro en el agua desnudo.
El mar de julio
no perdona ni consuela.
Solo está ahí,
respirando desde mucho antes
de que nosotros
aprendiéramos a estropearlo todo.
Sigo andando.
El agua me cubre los tobillos,
las rodillas,
la cintura,
el pecho.
Rompo con el cuerpo
el camino de luz
que la luna ha dejado
sobre el mar.
Después vuelve a cerrarse.
Como si yo
nunca hubiera pasado por allí.
Floto boca arriba.
La luna parece más cerca
y más inútil.
Las estrellas
parecen más viejas
que cualquier dios.
No dicen nada.
El agua tampoco.
Eso es lo mejor del mar.
No quiere saber quién eres,
qué has perdido,
cuántas veces te has equivocado
ni por qué sigues insistiendo.
Solo te sostiene
mientras no luches contra él.
Quizá la felicidad
no sea más que esto.
Quince minutos desnudo,
en el mar caliente de julio,
debajo de una luna indiferente,
viendo su reflejo romperse
contra mi pecho.
Sin deberle nada a nadie.
Sin demostrar nada.
Sin recordar siquiera
el nombre
de todas las cosas
que mañana volverán
a pesar.
Salgo despacio.
La arena vuelve
a quedarse pegada a los pies.
Me visto.
Julio sigue ardiendo.
La luna continúa allí,
flotando sobre El Saler,
como si supiera algo
que nunca va a contarme.
Pero durante unos minutos,
ahí,
dentro de su luz rota,
he conseguido desaparecer.
Deja una respuesta