Autor: EL CAMINANTE

  • SETENTAYUNO

    No sé amarte de una manera limpia.

    Nunca supe.

    Te quiero con los dientes apretados,
    con el vaso a medio terminar
    y esa parte miserable de mí
    que siempre espera que todo se joda.

    No sé decirte
    que me haces falta.

    Así que te agarro de la cintura,
    te acerco contra mi cuerpo
    y dejo que mi boca
    confiese por mí.

    Tú entiendes ese idioma.

    Sabes que cuando te muerdo el cuello
    no siempre es deseo.

    A veces es miedo.

    Miedo a que amanezca,
    te vistas deprisa
    y vuelvas a ser una mujer
    que puede vivir perfectamente sin mí.

    Por eso te desnudo despacio.

    No por delicadeza.

    Lo hago porque cada prenda que cae
    es otra excusa
    para retrasar tu marcha.

    Me gusta cuando dejas de hablar
    y tu respiración cambia.

    Cuando tus uñas se clavan en mi espalda
    como si quisieras castigarme
    por todas las veces
    que he fingido no necesitarte.

    Hay algo hermoso
    en esa pequeña violencia consentida.

    En tu boca buscando la mía
    sin paciencia.

    En tus piernas cerrándose alrededor de mí
    como una puerta
    que esta vez no quiere dejarme fuera.

    El cuerpo es más honrado
    que nosotros.

    No promete.

    No pregunta cuánto durará.

    Tiembla,
    suda,
    se rompe durante unos segundos
    y luego queda tendido
    entre las sábanas deshechas
    intentando recordar su nombre.

    Después viene lo difícil.

    Después ya no hay gemidos
    ni manos desesperadas
    ni esa urgencia animal
    que lo vuelve todo sencillo.

    Después estás tú,
    desnuda a mi lado,
    con el pelo pegado a la cara
    y una marca roja en el hombro
    que mañana esconderás bajo la ropa.

    Y estoy yo,
    sin saber qué hacer
    con tanta ternura.

    Podría levantarme.

    Buscar otra copa.

    Encender un cigarro junto a la ventana
    y convertirme otra vez
    en ese hombre que no necesita nada.

    Pero te acercas dormida.

    Pones una pierna sobre la mía.

    Tu mano encuentra mi pecho
    como si supiera dónde guardar el cansancio.

    Y entonces me quedo.

    Eso es lo que nunca te cuento.

    Que follarte no es lo peligroso.

    Lo peligroso es lo que viene después.

    Tu cuerpo tranquilo.

    Mi nombre todavía húmedo en tu boca.

    La habitación oliendo a nosotros.

    La posibilidad de acostumbrarme
    a que alguien me toque
    sin querer hacerme daño.

    He conocido mujeres
    que me hicieron olvidar una noche.

    Tú haces algo peor.

    Me haces recordar
    que todavía estoy vivo.

    Y no sé si agradecértelo
    o echarte de mi cama
    antes de que sea demasiado tarde.

    Porque el deseo termina.

    Siempre termina.

    El cuerpo se cansa,
    la sangre vuelve a su sitio
    y la noche deja de protegernos.

    Pero algunas veces
    te quedas mirándome en silencio
    y yo comprendo
    que no quiero volver a tocar
    a nadie que no seas tú.

    Eso sí que da miedo.

    Eso sí que es obsceno.

    No tu espalda arqueándose.

    No tus labios abiertos.

    No la manera en que pronuncias mi nombre
    cuando ya no puedes fingir calma.

    Lo verdaderamente indecente
    es que después de todo
    me abraces.

    Y yo te deje.

  • SETENTA

    No sé querer con calma.
    Nunca aprendí.
    He querido como quien bebe sin elegancia.
    Me cuesta decir te necesito.
    La frase me deja demasiado desnudo.
    Prefiero decir ven,
    quédate un rato,
    no cierres todavía la puerta,
    pon otra canción,
    duerme aquí esta noche.
    Como si cambiar las palabras
    pudiera cambiar la verdad.
    No creo que el amor lo cure todo.
    Hay heridas que no cierran.
    Hay personas que llegan tarde.
    Hay besos que solo sirven para recordar
    que antes también fuimos felices.
    Pero creo que algunas manos consiguen
    que el dolor se quede quieto.
    Las tuyas, por ejemplo.
    A veces te miro y no pienso en acostarme contigo.
    Pienso en quedarme.
    Lo cual me parece bastante más indecente.
    El deseo es sencillo.
    El cuerpo sabe defenderse solo.
    Lo difícil es permitir que alguien conozca tus silencios,
    tus domingos,
    tus malas costumbres,
    la parte de ti que no sabe entretener a nadie.
    Lo difícil es dejar que te vean
    cuando no tienes nada que ofrecer.
    Yo tengo demasiados días así.
    Días en los que no soy gracioso,
    ni fuerte,
    ni interesante.
    Días en los que apenas soy un hombre
    sentado al borde de la cama intentando
    recordar por qué debería levantarse.
    Y entonces apareces tú.
    No haces grandes discursos.
    No intentas arreglarme.
    Te sientas a mi lado,
    apoyas la cabeza en mi hombro
    y me preguntas si quiero café.
    Eso es lo más parecido a un milagro que conozco.
    No creo en Dios,
    pero tampoco descarto que algunas veces se canse del cielo
    y se esconda en cosas pequeñas.
    En tu risa desde otra habitación.
    En tu pierna buscando la mía debajo de las sábanas.
    En la manera en que pronuncias mi nombre
    cuando estás enfadada y todavía me quieres.
    He aprendido que el amor no siempre suena como una canción.

  • SESENTAYNUEVE

    No soy el hombre que una madre elegiría para su hija ni el que una hija presentaría orgullosa a su madre. No sé combinar una camisa con unos zapatos, olvido las fechas importantes y, cuando alguien me pregunta por mis planes de futuro, suelo mirar la puerta más cercana. No soy misterioso.
    Simplemente hay cosas que ni siquiera yo sé explicarme. He pasado media vida fingiendo que nada me importa y la otra media enfadándome porque nadie se ha dado cuenta de que era mentira. Me gusta estar solo, pero no cuando tú estás lejos. Detesto que me pregunten qué me pasa, aunque me duele que no lo preguntes. Digo que no necesito a nadie con la misma facilidad con la que busco tu nombre cada vez que se ilumina el teléfono. Hay hombres capaces de construir una casa. Yo apenas sé construir una excusa. Sin embargo, cuando apoyas la cabeza sobre mi pecho, consigo quedarme quieto, como si por fin hubiera encontrado una utilidad razonable para mi cuerpo. No creo que las personas estén destinadas a encontrarse. Creo que chocan, se hacen daño, se piden disculpas demasiado tarde y, algunas veces, deciden quedarse. Lo nuestro quizá no estaba escrito en ninguna parte. Mejor. Siempre me han dado desconfianza las cosas escritas por alguien que no conocemos. Prefiero pensar que te elegí. Que entre todas las posibilidades equivocadas tuve la lucidez de equivocarme contigo. No creo en las almas gemelas. Las almas ya vienen con demasiadas grietas para andar buscando otra igual. Creo en dos personas diferentes que aprenden dónde no deben apretar, qué cicatriz no conviene tocar y en qué momento un vaso de vino ayuda más que una pregunta. He conocido mujeres perfectas. Duraban poco. La perfección suele ser insoportable después del desayuno. Tú, en cambio, dejas el café a medias, pierdes las llaves, te enfadas por razones que descubrirás dos horas después y tienes la costumbre de abrazarme precisamente cuando estoy intentando ganar una discusión. Eso debería estar prohibido. Nadie puede defender su orgullo con tu boca apoyada en su cuello. Me gustan tus defectos porque no intentan venderme nada. Me gusta cuando te recoges el pelo sin saber que te estoy mirando. Cuando cruzas una habitación descalza. Cuando lees y frunces el ceño. Cuando te quitas un pendiente y después el otro. Hay desnudos que empiezan mucho antes de quitarse la ropa. A veces basta una manga subida, una rodilla descubierta o esa forma tuya de decir mi nombre cuando ya no estás enfadada pero todavía no quieres reconocerlo. El deseo no siempre entra por los ojos. A veces entra por una conversación a medianoche, se sienta en el borde de la cama y acaba respirándote en la nuca. Nunca he entendido a los que separan el cuerpo del alma. Será porque jamás han visto cómo cambia una mirada justo antes de un beso. El cuerpo también recuerda. La piel guarda más nombres de los que estamos dispuestos a confesar. He aprendido que una cama puede ser un refugio, un campo de batalla o una estación de tren. Depende de quién se levante primero y de quién tenga intención de regresar. He aprendido que hay despedidas que empiezan meses antes del último abrazo. Que la indiferencia nunca da un portazo porque prefiere dejar la puerta abierta para que entre el frío. Que a veces uno continúa queriendo a alguien solo porque no sabe dónde colocar todo lo que sintió. También he aprendido que pedir perdón no borra nada, pero puede evitar que el recuerdo siga sangrando. Que el orgullo es una silla incómoda donde algunos se sientan durante años por no dar tres pasos hacia otra persona. Que la verdad no siempre libera; algunas veces simplemente confirma lo que llevabas semanas temiendo. No soy valiente. Los valientes duermen tranquilos. Yo reviso dos veces si has leído mis mensajes y después dejo el teléfono boca abajo para fingir que no me importa. Tengo miedo de perderte, pero también de conservarte y no estar a la altura. Miedo de que descubras que detrás de todas mis frases hay un hombre corriente, cansado, con más dudas que certezas y con la absurda esperanza de que seas tú quien decida quedarse cuando ya no quede nada interesante que descubrir. Porque amar a alguien cuando está brillando no tiene demasiado mérito. La cuestión es permanecer cuando se apagan las luces, cuando las conversaciones se repiten, cuando el deseo duerme de espaldas y la vida deja las facturas sobre la mesa. La cuestión es seguir encontrando belleza en quien ya conoces demasiado. No prometo hacerte feliz todos los días. Desconfía de quien prometa algo así. Habrá mañanas en las que no sabré hablarte. Noches en las que mi silencio ocupará más espacio que mi cuerpo. Días en los que necesitarás quererme desde otra habitación. Pero nunca usaré tus heridas para ganar una pelea ni contaré tus secretos para parecer interesante delante de otros. No sé si eso es amor. Quizá el amor solo sea aprender a sostener aquello que podrías destruir. Dicen que hay que quererse primero a uno mismo. Suena bien en los libros y en las tazas con frases. Yo he intentado quererme y, sinceramente, no siempre hemos conseguido llevarnos bien. Hay días en los que me miro y comprendo perfectamente a todos los que se marcharon. Pero entonces llegas tú. No para salvarme. Eso sería demasiado trabajo para una sola persona. Llegas y te sientas cerca. Me preguntas si quiero cenar. Te ríes de alguna estupidez. Pones los pies fríos debajo de mis piernas y, durante unos minutos, dejo de ser un problema que necesita solución. Contigo no soy mejor. Soy más verdadero. Y quizá amar consista en eso: en encontrar a alguien delante de quien ya no haga falta resultar admirable. No sé cuánto duraremos. Nadie lo sabe. El futuro es un animal que no permite que le pongamos correa. Puede que un día nos cansemos, que la vida cambie de dirección o que cometamos uno de esos errores que después llamamos inevitables para poder dormir. Pero hoy estás aquí. Y hoy es la única eternidad que puedo ofrecerte sin mentir. Así que ven. Déjame besarte antes de que se nos ocurra otra manera de estropearlo. Déjame quererte con esta torpeza, con este miedo, con estas manos que no saben arreglar casi nada pero todavía saben encontrarte en la oscuridad. Porque no sé si nací para ser feliz. Ni siquiera sé si nací para ser bueno. Pero desde que te conozco tengo una certeza que se parece bastante a la fe: cuando estás conmigo, por primera vez no siento la necesidad de estar en otra parte.

  • SESENTAYOCHO

    No eras hermosa
    como dicen que deben serlo
    las mujeres
    en los poemas.

    Eras hermosa
    como una botella
    a las cuatro de la mañana,
    como una ventana abierta
    en una habitación
    que olía a humo
    y a derrota.

    Llegabas tarde,
    con el pelo revuelto,
    los zapatos en la mano
    y alguna tristeza
    que nunca explicabas.

    Yo tampoco preguntaba.

    Habíamos aprendido
    que las preguntas
    solo sirven
    para estropear
    las pocas cosas buenas.

    Nos tumbábamos juntos
    sin prometer nada.

    Tu pierna sobre la mía.
    Mi mano en tu espalda.
    La ciudad haciendo ruido
    detrás de las persianas.

    A veces decías
    que me querías.

    Yo encendía un cigarrillo
    y miraba al techo
    porque hay palabras
    que asustan más
    que una pistola.

    Pero cuando te marchabas
    la habitación se hacía grande.

    Demasiado grande.

    Y hasta el vaso vacío
    parecía saber
    que no ibas a volver.

    Entonces comprendía
    que te quería.

    No de esa forma limpia
    que venden en las canciones.

    Te quería mal,
    con miedo,
    con rabia,
    con todo lo roto
    que había dentro de mí.

    Y quizá no era suficiente.

    Pero era todo.

  • SESENTAYSIETE

    La noche respira despacio.
    El calor lleva semanas
    pegándome la piel al cuerpo,
    secando la garganta,
    haciendo que los días
    pesen como una deuda.
    La luna está arriba,
    blanca y gastada,
    mirándolo todo
    sin meterse en nada.
    Su reflejo tiembla en el agua
    como una moneda
    que nadie se atreve a recoger.
    Me quito la camiseta,
    las bambas,
    el resto de la jornada.
    La ropa queda
    hecha un animal muerto
    sobre la arena de El Saler.
    Nadie importa.
    Y eso basta.
    Entro en el agua desnudo.
    El mar de julio
    no perdona ni consuela.
    Solo está ahí,
    respirando desde mucho antes
    de que nosotros
    aprendiéramos a estropearlo todo.
    Sigo andando.
    El agua me cubre los tobillos,
    las rodillas,
    la cintura,
    el pecho.
    Rompo con el cuerpo
    el camino de luz
    que la luna ha dejado
    sobre el mar.
    Después vuelve a cerrarse.
    Como si yo
    nunca hubiera pasado por allí.
    Floto boca arriba.
    La luna parece más cerca
    y más inútil.
    Las estrellas
    parecen más viejas
    que cualquier dios.
    No dicen nada.
    El agua tampoco.
    Eso es lo mejor del mar.
    No quiere saber quién eres,
    qué has perdido,
    cuántas veces te has equivocado
    ni por qué sigues insistiendo.
    Solo te sostiene
    mientras no luches contra él.
    Quizá la felicidad
    no sea más que esto.
    Quince minutos desnudo,
    en el mar caliente de julio,
    debajo de una luna indiferente,
    viendo su reflejo romperse
    contra mi pecho.
    Sin deberle nada a nadie.
    Sin demostrar nada.
    Sin recordar siquiera
    el nombre
    de todas las cosas
    que mañana volverán
    a pesar.
    Salgo despacio.
    La arena vuelve
    a quedarse pegada a los pies.
    Me visto.
    Julio sigue ardiendo.
    La luna continúa allí,
    flotando sobre El Saler,
    como si supiera algo
    que nunca va a contarme.
    Pero durante unos minutos,
    ahí,
    dentro de su luz rota,
    he conseguido desaparecer.

  • SESENTAYSEIS

    Es una tarde de julio.

    El calor cae sobre la ciudad
    como una multa.

    Estoy sentado en una terraza
    con un vaso sudando delante de mí
    y ninguna prisa por terminarlo.

    La gente pasa.

    Un hombre con camisa blanca
    mira el teléfono
    como si alguien fuera a salvarlo.

    Una mujer empuja un carrito
    y lleva en la cara
    tres noches sin dormir
    y diez años sin que nadie le pregunte
    cómo está.

    Dos adolescentes se ríen
    como si la vida no hubiera empezado todavía.

    Los observo.

    Es lo único que hago bien
    cuando no sé qué hacer conmigo.

    Imagino sus casas,
    sus camas deshechas,
    las discusiones en la cocina,
    los mensajes que borran,
    las llamadas que esperan
    y nunca llegan.

    Aquel anciano
    quizá vuelve a un piso vacío
    donde todavía guarda
    la taza de alguien muerto.

    Esa pareja que camina deprisa
    tal vez se odia
    pero ha reservado una mesa para dos.

    El camarero limpia las mesas
    con la tristeza automática
    de quien ha visto demasiados veranos
    desde el mismo sitio.

    El sol golpea los toldos.
    Los coches pasan.
    Alguien fuma.
    Alguien se despide.
    Alguien miente.

    Y yo sigo aquí,
    inventándoles vidas a los demás
    para no pensar demasiado
    en la mía.

    La tarde continúa.

    Julio arde.

    La gente pasa
    como si supiera adónde va.

    Yo los miro
    y durante unos segundos
    casi consigo creerles.

  • SESENTAYCINCO

    Al mediodía parece líquido,

    pero no,

    Sólo está cansado de soportarnos.

    Zapatos,

    ruedas,

    aceite,

    prisas,

    promesas,

    todo termina encima de él.

    Los neumáticos dejan una queja breve al doblar la esquina

    y una moto se detiene en rojo.

    El conductor baja los dos pies y mira al semáforo como si fuera un insulto personal.

    Debajo del casco, el sudor le cae por la frente.

    Treinta segundos;

    A veces la vida consiste en resistir treinta segundos más.

    En la obra, un hombre clava una señal junto a un agujero:

    ASFALTO CALIENTE

    Como si alguien necesitara leerlo.

    El aire vibra sobre la calle,

    los edificios, al fondo, parecen deformarse.

    Tal vez lo hacen.

    Tal vez las cosas no permanecen rectas cuando nadie las está mirando.

    Un autobús pasa y deja detrás una bocanada de humo caliente.

    La parada está llena,

    nadie dice nada.

    Todos miran en la misma dirección,

    a la de su jodido teléfono.

    Esperan otro autobús,

    otro trabajo,

    otro mes,

    otra cosa que probablemente llegará tarde.

    Por la noche, el asfalto devuelve el calor acumulado,

    no olvida nada.

    Ha pasado el día guardándolo.

    La ciudad duerme encima de una plancha.

    Y nosotros, que creíamos haber sobrevivido al sol,

    descubrimos que el suelo también sabe guardar rencor.

  • SESENTAICUATRO

    Un vestido,

    he visto un vestido como el tuyo

    como el que llevabas aquel día.

    Una botella,

    me he bebido una botella

    como la que me bebí cuando te conocí.

    Un puñal,

    he sentido en las entrañas clavado

    como aquel día que me sentí morir.

    Hoy te he llevado flores

    rojas, blancas y amarillas.

    Las que había, me daba igual el color.

    Flores que tapan tu foto,

    Flores que nos separan.

    Tú ahí y yo aquí,

    cuando antes estábamos allí.

  • SESENTAITRES

    6 DE MARZO DE 2026

    Hoy, que no ayer, estoy convencido que el camino más corto es el más largo. He driblado, regateado, burlado, esquivado y eludido el camino más sencillo. He esperado, aguardado, a que el convencimiento de la razón me diera eso mismo, razón. He llorado, gemido, sollozado y suspirado por no llegar a donde he de llegar. Hoy me he despedido como me despedí aquel día de octubre, en silencio, íntimamente, sin decir.

    Pero digo, Ave Cesar, los que van a morir te saludan. Hoy cruzamos el Rubicón. Alea iacta est.

  • SESENTAIDOS

    Ayer bajé al infierno.

    Billete de ida y vuelta,

    tan solo por saludar.

    Allí estaban

    el Pono,

    el Duque,

    el Nene,

    sentados en el banco de un parque

    como en el que nos sentábamos

    en la calle de la fuente.

    – Tío, Os Resentidos lo peta.

    Qué dices, pringao? Quienes molan son Ilegales.

    Y como expertos de todo y de nada

    enlazaban los temas del aquí y del allá.

    Pono,

    Duque,

    Nene,

    que mal caballo os descabalgó

    y os hizo inmortales en mis recuerdos.

    A veces, muchas veces,

    me pregunto porqué yo nunca

    me metí en vena el jaco;

    porqué el polvo ocre

    no me quiso de compañero.

    Fin de las visitas.

    Con el billete de vuelta en la mano

    les miro mientras me alejo

    pensando en todo lo que ha ocurrido

    durante los años que he vivido y ellos no.

    Y si alguna vez seré inmortal

    en los recuerdos de alguien.