SESENTAYNUEVE

Escrito por

en

No soy el hombre que una madre elegiría para su hija ni el que una hija presentaría orgullosa a su madre. No sé combinar una camisa con unos zapatos, olvido las fechas importantes y, cuando alguien me pregunta por mis planes de futuro, suelo mirar la puerta más cercana. No soy misterioso.
Simplemente hay cosas que ni siquiera yo sé explicarme. He pasado media vida fingiendo que nada me importa y la otra media enfadándome porque nadie se ha dado cuenta de que era mentira. Me gusta estar solo, pero no cuando tú estás lejos. Detesto que me pregunten qué me pasa, aunque me duele que no lo preguntes. Digo que no necesito a nadie con la misma facilidad con la que busco tu nombre cada vez que se ilumina el teléfono. Hay hombres capaces de construir una casa. Yo apenas sé construir una excusa. Sin embargo, cuando apoyas la cabeza sobre mi pecho, consigo quedarme quieto, como si por fin hubiera encontrado una utilidad razonable para mi cuerpo. No creo que las personas estén destinadas a encontrarse. Creo que chocan, se hacen daño, se piden disculpas demasiado tarde y, algunas veces, deciden quedarse. Lo nuestro quizá no estaba escrito en ninguna parte. Mejor. Siempre me han dado desconfianza las cosas escritas por alguien que no conocemos. Prefiero pensar que te elegí. Que entre todas las posibilidades equivocadas tuve la lucidez de equivocarme contigo. No creo en las almas gemelas. Las almas ya vienen con demasiadas grietas para andar buscando otra igual. Creo en dos personas diferentes que aprenden dónde no deben apretar, qué cicatriz no conviene tocar y en qué momento un vaso de vino ayuda más que una pregunta. He conocido mujeres perfectas. Duraban poco. La perfección suele ser insoportable después del desayuno. Tú, en cambio, dejas el café a medias, pierdes las llaves, te enfadas por razones que descubrirás dos horas después y tienes la costumbre de abrazarme precisamente cuando estoy intentando ganar una discusión. Eso debería estar prohibido. Nadie puede defender su orgullo con tu boca apoyada en su cuello. Me gustan tus defectos porque no intentan venderme nada. Me gusta cuando te recoges el pelo sin saber que te estoy mirando. Cuando cruzas una habitación descalza. Cuando lees y frunces el ceño. Cuando te quitas un pendiente y después el otro. Hay desnudos que empiezan mucho antes de quitarse la ropa. A veces basta una manga subida, una rodilla descubierta o esa forma tuya de decir mi nombre cuando ya no estás enfadada pero todavía no quieres reconocerlo. El deseo no siempre entra por los ojos. A veces entra por una conversación a medianoche, se sienta en el borde de la cama y acaba respirándote en la nuca. Nunca he entendido a los que separan el cuerpo del alma. Será porque jamás han visto cómo cambia una mirada justo antes de un beso. El cuerpo también recuerda. La piel guarda más nombres de los que estamos dispuestos a confesar. He aprendido que una cama puede ser un refugio, un campo de batalla o una estación de tren. Depende de quién se levante primero y de quién tenga intención de regresar. He aprendido que hay despedidas que empiezan meses antes del último abrazo. Que la indiferencia nunca da un portazo porque prefiere dejar la puerta abierta para que entre el frío. Que a veces uno continúa queriendo a alguien solo porque no sabe dónde colocar todo lo que sintió. También he aprendido que pedir perdón no borra nada, pero puede evitar que el recuerdo siga sangrando. Que el orgullo es una silla incómoda donde algunos se sientan durante años por no dar tres pasos hacia otra persona. Que la verdad no siempre libera; algunas veces simplemente confirma lo que llevabas semanas temiendo. No soy valiente. Los valientes duermen tranquilos. Yo reviso dos veces si has leído mis mensajes y después dejo el teléfono boca abajo para fingir que no me importa. Tengo miedo de perderte, pero también de conservarte y no estar a la altura. Miedo de que descubras que detrás de todas mis frases hay un hombre corriente, cansado, con más dudas que certezas y con la absurda esperanza de que seas tú quien decida quedarse cuando ya no quede nada interesante que descubrir. Porque amar a alguien cuando está brillando no tiene demasiado mérito. La cuestión es permanecer cuando se apagan las luces, cuando las conversaciones se repiten, cuando el deseo duerme de espaldas y la vida deja las facturas sobre la mesa. La cuestión es seguir encontrando belleza en quien ya conoces demasiado. No prometo hacerte feliz todos los días. Desconfía de quien prometa algo así. Habrá mañanas en las que no sabré hablarte. Noches en las que mi silencio ocupará más espacio que mi cuerpo. Días en los que necesitarás quererme desde otra habitación. Pero nunca usaré tus heridas para ganar una pelea ni contaré tus secretos para parecer interesante delante de otros. No sé si eso es amor. Quizá el amor solo sea aprender a sostener aquello que podrías destruir. Dicen que hay que quererse primero a uno mismo. Suena bien en los libros y en las tazas con frases. Yo he intentado quererme y, sinceramente, no siempre hemos conseguido llevarnos bien. Hay días en los que me miro y comprendo perfectamente a todos los que se marcharon. Pero entonces llegas tú. No para salvarme. Eso sería demasiado trabajo para una sola persona. Llegas y te sientas cerca. Me preguntas si quiero cenar. Te ríes de alguna estupidez. Pones los pies fríos debajo de mis piernas y, durante unos minutos, dejo de ser un problema que necesita solución. Contigo no soy mejor. Soy más verdadero. Y quizá amar consista en eso: en encontrar a alguien delante de quien ya no haga falta resultar admirable. No sé cuánto duraremos. Nadie lo sabe. El futuro es un animal que no permite que le pongamos correa. Puede que un día nos cansemos, que la vida cambie de dirección o que cometamos uno de esos errores que después llamamos inevitables para poder dormir. Pero hoy estás aquí. Y hoy es la única eternidad que puedo ofrecerte sin mentir. Así que ven. Déjame besarte antes de que se nos ocurra otra manera de estropearlo. Déjame quererte con esta torpeza, con este miedo, con estas manos que no saben arreglar casi nada pero todavía saben encontrarte en la oscuridad. Porque no sé si nací para ser feliz. Ni siquiera sé si nací para ser bueno. Pero desde que te conozco tengo una certeza que se parece bastante a la fe: cuando estás conmigo, por primera vez no siento la necesidad de estar en otra parte.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *