No sé amarte de una manera limpia.
Nunca supe.
Te quiero con los dientes apretados,
con el vaso a medio terminar
y esa parte miserable de mí
que siempre espera que todo se joda.
No sé decirte
que me haces falta.
Así que te agarro de la cintura,
te acerco contra mi cuerpo
y dejo que mi boca
confiese por mí.
Tú entiendes ese idioma.
Sabes que cuando te muerdo el cuello
no siempre es deseo.
A veces es miedo.
Miedo a que amanezca,
te vistas deprisa
y vuelvas a ser una mujer
que puede vivir perfectamente sin mí.
Por eso te desnudo despacio.
No por delicadeza.
Lo hago porque cada prenda que cae
es otra excusa
para retrasar tu marcha.
Me gusta cuando dejas de hablar
y tu respiración cambia.
Cuando tus uñas se clavan en mi espalda
como si quisieras castigarme
por todas las veces
que he fingido no necesitarte.
Hay algo hermoso
en esa pequeña violencia consentida.
En tu boca buscando la mía
sin paciencia.
En tus piernas cerrándose alrededor de mí
como una puerta
que esta vez no quiere dejarme fuera.
El cuerpo es más honrado
que nosotros.
No promete.
No pregunta cuánto durará.
Tiembla,
suda,
se rompe durante unos segundos
y luego queda tendido
entre las sábanas deshechas
intentando recordar su nombre.
Después viene lo difícil.
Después ya no hay gemidos
ni manos desesperadas
ni esa urgencia animal
que lo vuelve todo sencillo.
Después estás tú,
desnuda a mi lado,
con el pelo pegado a la cara
y una marca roja en el hombro
que mañana esconderás bajo la ropa.
Y estoy yo,
sin saber qué hacer
con tanta ternura.
Podría levantarme.
Buscar otra copa.
Encender un cigarro junto a la ventana
y convertirme otra vez
en ese hombre que no necesita nada.
Pero te acercas dormida.
Pones una pierna sobre la mía.
Tu mano encuentra mi pecho
como si supiera dónde guardar el cansancio.
Y entonces me quedo.
Eso es lo que nunca te cuento.
Que follarte no es lo peligroso.
Lo peligroso es lo que viene después.
Tu cuerpo tranquilo.
Mi nombre todavía húmedo en tu boca.
La habitación oliendo a nosotros.
La posibilidad de acostumbrarme
a que alguien me toque
sin querer hacerme daño.
He conocido mujeres
que me hicieron olvidar una noche.
Tú haces algo peor.
Me haces recordar
que todavía estoy vivo.
Y no sé si agradecértelo
o echarte de mi cama
antes de que sea demasiado tarde.
Porque el deseo termina.
Siempre termina.
El cuerpo se cansa,
la sangre vuelve a su sitio
y la noche deja de protegernos.
Pero algunas veces
te quedas mirándome en silencio
y yo comprendo
que no quiero volver a tocar
a nadie que no seas tú.
Eso sí que da miedo.
Eso sí que es obsceno.
No tu espalda arqueándose.
No tus labios abiertos.
No la manera en que pronuncias mi nombre
cuando ya no puedes fingir calma.
Lo verdaderamente indecente
es que después de todo
me abraces.
Y yo te deje.
Deja una respuesta