SESENTAYOCHO

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No eras hermosa
como dicen que deben serlo
las mujeres
en los poemas.

Eras hermosa
como una botella
a las cuatro de la mañana,
como una ventana abierta
en una habitación
que olía a humo
y a derrota.

Llegabas tarde,
con el pelo revuelto,
los zapatos en la mano
y alguna tristeza
que nunca explicabas.

Yo tampoco preguntaba.

Habíamos aprendido
que las preguntas
solo sirven
para estropear
las pocas cosas buenas.

Nos tumbábamos juntos
sin prometer nada.

Tu pierna sobre la mía.
Mi mano en tu espalda.
La ciudad haciendo ruido
detrás de las persianas.

A veces decías
que me querías.

Yo encendía un cigarrillo
y miraba al techo
porque hay palabras
que asustan más
que una pistola.

Pero cuando te marchabas
la habitación se hacía grande.

Demasiado grande.

Y hasta el vaso vacío
parecía saber
que no ibas a volver.

Entonces comprendía
que te quería.

No de esa forma limpia
que venden en las canciones.

Te quería mal,
con miedo,
con rabia,
con todo lo roto
que había dentro de mí.

Y quizá no era suficiente.

Pero era todo.

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