SETENTA Y TRES

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La tarde se extiende
sobre los arrozales
como una sábana húmeda.

El agua quieta guarda el cielo
y lo devuelve partido
en pequeñas parcelas de luz.

A lo lejos,
una garza levanta el vuelo
sin hacer ruido,
como si supiera
que aquí todo debe ocurrir despacio.

El aire huele a barro,
a paja,
a agua detenida bajo el sol.

Camino junto a las acequias
y escucho el leve temblor
de los insectos,
el roce del viento
sobre las plantas verdes,
algún motor perdido
detrás de las casas bajas.

No necesito llegar a ninguna parte.

Aquí trabajó mi padre,
con el agua cubriéndole los pies
y el sol golpeándole la espalda.

Antes que él,
mi abuelo.

Y antes,
otros hombres de mi sangre
cuyos nombres apenas recuerdo,
pero cuyas manos
siguen hundidas en esta tierra.

Camino despacio
y siento que no estoy solo.

Ellos están en el barro,
en las acequias,
en el arroz que se inclina
cuando pasa el viento.

Este paisaje no es solo un lugar.

Es la vida de los míos.
La tierra de la que vengo.
El sitio al que siempre regreso,
aunque nunca me haya ido.

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