La tarde caía despacio
sobre la arena.
Yo estaba solo,
sentado cerca del agua,
con los pies hundidos
y las manos quietas.
El sol ya no quemaba.
Se quedaba sobre la piel
como una caricia cansada.
Miré el mar durante mucho tiempo,
sin esperar nada de él.
Las olas llegaban,
se rompían,
volvían a empezar.
Pensé en mi vida
sin juzgarla.
En lo que soy
cuando nadie me mira,
cuando no tengo que explicar nada,
cuando basta respirar
y escuchar el agua.
Había gente lejos,
voces apagadas,
algún niño corriendo,
pero todo parecía ocurrir
en otro lugar.
Yo permanecí allí.
Solo,
pero no vacío.
Con la tarde alrededor,
la sal en los labios
y una calma extraña
ocupando poco a poco
todo mi cuerpo.
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