Me he bebido una botella de vino,
o dos.
y ahora te imagino desnuda
sin haberte visto nunca de esa manera.
Es curioso,
uno puede no haber tocado jamás a una mujer
y aun así echar de menos el peso de su cuerpo en una cama.
No sé cómo hueles por la mañana,
ni qué cara pones cuando estás cansada,
ni si te ríes con toda la boca
o si tienes esa clase de tristeza
que solo aparece cuando nadie mira.
Pero aquí estoy,
con el vino haciendo su trabajo
y tú haciendo el tuyo sin tener ni puta idea.
No ha pasado nada entre nosotros.
Sí, un beso aquella noche,
pero nada más,
ni siquiera una historia que merezca ser contada.
Pero fue mi último beso.
Y, sin embargo,
esta habitación empieza a llenarse de ti.
Supongo que la soledad es eso:
coger un recuerdo,
darle un forma con la imaginación
y después sufrir
como si de verdad se hubiera marchado.
La botella está casi vacía.
Tú sigues sin saberlo.
Y quizá mañana,
cuando se me pase el vino,
vuelvas a ser una mujer
que existió una vez
sin deberme absolutamente nada.
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