Como todos los días
allí estaba,
sentada en un banco
en el extremo del parque.
Falda jean,
blusa roja,
cabello rojo.
Comiendo pipas,
los restos sobre su falda;
con la mirada perdida
y el gesto ausente.
Me senté a su lado
y sin mirarla
le dije hola.
Hola respondió.
Oscureció y levantándose
se fue.
Y solo dejo los restos
de sus pipas,
a los que envidié
por haber tenido la fortuna
de rozar sus labios.
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