DOCE

Como todos los días

allí estaba,

sentada en un banco

en el extremo del parque.

Falda jean,

blusa roja,

cabello rojo.

Comiendo pipas,

los restos sobre su falda;

con la mirada perdida

y el gesto ausente.

Me senté a su lado

y sin mirarla

le dije hola.

Hola respondió.

Oscureció y levantándose

se fue.

Y solo dejo los restos

de sus pipas,

a los que envidié

por haber tenido la fortuna

de rozar sus labios.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *