Lucía, llevaba mis viejos 501, camisa oscura y aquellas zapatillas que dijiste que te gustaban. Lo de siempre para ir donde siempre y hacer lo de siempre. Y es que no estabas en la ciudad. Me debatía entre releer La conjura de los necios o ir a donde los clones. Así que me decidí por lo segundo.
Humo, luces psicodélicas, mis amigos, algo llamado música, los clones, un juego de dardos, camareras de buen ver y mejor catar, servicios denunciables, vasos, petas –divinos petas-, taburetes, mono en la puerta, más petas, alcohol… y Javi. Me cae bien Javi. Apenas habla, así que no molesta.
Havana 7, hielo, taburete, peta rulado y me dedico a ellos. A observarles. Me gusta hacerlo, me hace bien. Y es que en esos momentos pienso en lo afortunado que soy, que soy un tipo con suerte; que él –ya sabes quien es él- es un tipo con suerte. Y es que tú no eres un clon. De lo contrario no me gustarías, ¿Verdad?
Otro havana 7, hielo diferente, el mismo taburete y uno rulado de no sé quien. Y la Esther que me habla pero no la escucho.
Pienso en ti, Lucía. Ya dudo de si el taburete es el mismo, el hielo está reciclado, de si el Havana se escribe con v o con b o de si el peta es mío. Y ya empiezo a pensar que mis colegas han sido abducidos y devueltos en fracciones de segundo convertidos en unos clones más. Cientos de clones rodeándome y moviéndose al mismo ritmo, vestidos iguales y vomitando las mismas babas.
Ella al fondo, donde la barra pierde su lógica y toma un nuevo camino. Y mi mirada sorprendida al ver a alguien diferente. Ya no sé ni cual es mi taburete, donde dejé el Havana 7 y si me chupé los hielos.
– Tú no eres un clon.
– No. A él no le gusta. ¿Lo enciende tú o lo enciendo yo?
– ¿Quién es él?
– Poco importa, aquí no está.
– Cierto. Tampoco está Lucía
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