Me llamo Hermenegildo Zazueta, y soy nicaragüense de nacimiento y corazón. Viví hasta finales de la década de los ochenta en la hacienda de mi padre, Juan Anselmo Zazueta Vivaldo.
Unos años de precios bajos en el café, y ante la inminente ruina familiar, padre y yo mantuvimos negocios turbios con la Contra. Todo salió mal, y acusado de tráfico de armas tuve que salir precipitadamente de mi país con poco más de veinte años.
Después de pasar por varias ciudades europeas, de hacer los más diversos trabajos y de dormir poco y mal, acabé en un apartamento de París. Y allí, en la ciudad de la luz, donde todo es posible, mi suerte cambió; muchas veces para bien y algunas para mal, pero, bien mirado, ¿Qué es la vida si no una excitante montaña rusa que nos eleva y nos desciende por pronunciadas rampas y cerradas curvas? ¿Qué sentido tiene una vida anodina donde nada ocurre y nada nos excita?
Durante tiempo, mucho tiempo, las cosas me fueron bien. Era feliz en aquella ciudad de farándula y luz donde cada momento era algo digno de recordar. Pero como os dije, la vida no deja de ser una montaña rusa y un 25 de septiembre recibí el primer golpe cruel que el destino me tenía preparado. Ese fatídico día mis tres amantes decidieron dejarme. Rosita Suares –criada de una casa burguesa- lo hizo a la hora del mercado. Como cada martes la acompañé a Les Marchés, mercado de productos ecológicos donde compraba lo más fresco y sabroso para los señores de la casa donde trabaja. Y allí, en el mismo mercado, me dijo c’est fini. Lo nuestro no tenía futuro y se había enamorado de, justamente, un vendedor de aquel mismo mercado. Y con toda la desfachatez de la que era capaz, y sin remordimiento alguno, al llegar al puesto del fulano, muy tranquilamente me lo presentó. Al mediodía, mientras comíamos, me dio puerta Catherine Masillon –casada con un afamado banquero-. Yo ya sabía que lo de Catherine no era más que un juego para ella. ¿Acaso esperaba que abandonara a su rico marido por fugarse con un don nadie como yo? Pero el golpe, por esperado, no fue menos golpe. Y llegó la noche y creyendo que ya todo había pasado y nada podría ir peor, Ivanova Stravinsky –bailarina rusa- me habló de sus sueños en América entre acto y acto en su camerino. Sueños en los que yo no tenía cabida. Ya llevaba demasiadas maletas en su viaje a la fama que no podía cargar conmigo. Que yo, comprensivo como pocos, lo entendería perfectamente y que esperaba de mi que le desease suerte en ese futuro tan prometedor que le esperaba.
Pasaron días y semanas, sólo ayudado por el alcohol para olvidar mi mala fortuna. Vagando por las calles de aquel viejo París que ya no me parecía tan excitante y sorprendente en cada una de sus esquinas. Pero una noche, una como otras más, apoyado en la barra de Liberté, las ví llegar. Y sólo la desfachatez de quien lo siente todo perdido y nada ha de ganar, me hizo entablar conversación con ellas. Y así es como conocí a Parvati Chaterjee y a Elena Sigmendi. Desde entonces se han convertido en mis dos grandes amigas y confidentes.
Hoy soy un próspero marchante de arte pop, alguien influyente en estos círculos. Y a veces sueño con volver a mi Nicaragua y recomprar las propiedades perdidas de mi familia. Pero mientras que ese momento llega, déjame que te cuente mis años vivido en París.
Si hay algo que me define… El buen gusto que permite el disfrute de lo hortera.
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